La muerte de un hombre ha puesto en tela de juicio la estabilidad en Asia. Kim Jong-il falleció el pasado 17 de diciembre, aparentemente por “fatiga física” durante un viaje en tren. El Querido Dirigente o Líder Supremo, tal y como se le cita en la Constitución, ha dejado su herencia y su cargo a su hijo de 27 años Kim Jong-un.
Mientras su población pasa hambre, el líder poseía un alto nivel de vida que incluía la mejor bodega del país y los mejores exquisiteces exportadas de Japón o Irán. Para asemejarse aún más a un Dios bondadoso el 16 de febrero, día de su cumpleaños, los ciudadanos recibían el doble de ración alimenticia como donativo de su dictador.
Desde que se ha hecho pública su muerte son muchos los países que se muestran inquietos debido a las malas relaciones entabladas con Corea del Norte en el pasado. Estados Unidos mantiene un trato delicado con el país desde que la administración de Bill Clinton en el año 2000 pactara con la República Democrática de Corea el cese de la investigación nuclear. Pacto que nunca se llevó a cabo. El siguiente presidente, George W. Bush agravó aún más el problema al tachar a Irán, Irak y Corea del Norte como “Eje del mal”. Japón cree que aún necesita “ver los riesgos que entraña la sucesión" y su vecino, Corea del Sur, ya ha decretado el estado de alerta.